Las 2 Ranas y el Pozo

Adaptación de una fábula de Esopo

Pensar primero, actuar después.

Érase un hermoso pantano donde vivían muchas clases de animales. Entre ellos había dos ranas que eran grandes amigas. Cada mañana se saludaban al despertar y pasaban el día nadando entre los juncos, cazando insectos y descansando sobre las hojas de lirio que flotaban en el agua. Durante mucho tiempo todo fue perfecto. Pero un verano llegó una gran sequía que parecía no tener fin. Día tras día, el nivel del agua bajó. El pantano comenzó a secarse y los animales, uno tras otro, tuvieron que marcharse en busca de un mejor lugar donde vivir.

Las dos ranas, algo más perezosas, esperaron hasta el último momento. Así que, para cuando el barro reemplazó al agua y ya no quedaba nada de su antiguo hogar, comprendieron que ya era tiempo de marcharse y emprendieron el viaje.

Caminaron durante días bajo un sol abrasador, con muy pocos rincones con sombra para descansar. Estaban ya cansadas y la sed apenas las dejaba avanzar. Entonces —por una de esas casualidades de la vida— encontraron un pozo antiguo. Era estrecho, muy profundo y, en el fondo, brillaba el agua.

—¡Lo logramos! —exclamó una de las ranas—. ¡Mira cuánta agua hay! Saltemos antes de que otro la encuentre.

Y dio un paso hacia el borde, lista para lanzarse.

—Espera un momento —dijo la otra rana.
—¿Esperar para qué? Justo esto era lo que buscábamos.
—Buscábamos agua, sí. Pero también un lugar donde pudiéramos vivir.

La primera rana frunció el ceño.

—¿Y qué tiene de malo este lugar?

La otra señaló el fondo del pozo.

—Es muy profundo. Entrar será fácil, pero ¿has pensado cómo saldríamos si el pozo también se llegara a secar? Lo sensato no es solo calmar la sed de hoy; también debe servirnos el resto del verano.

La rana, que estaba muy sedienta, permaneció en silencio. Miró el pozo una vez más... esta vez con tristeza, pero comprendió que su amiga tenía razón. Así que, sin discutir, las dos retomaron el camino.

Se dice que tardaron otro par de días en encontrar un nuevo hogar, junto a un riachuelo abundante en plantas y sombras, pero con la certeza de que nunca necesitarían escapar.

Fin

Moraleja

“La prudencia vale más que la prisa.”